Crónica de lo que no debió suceder en Bolivia en un año

Así no debieron suceder los hechos en el último año en Bolivia. Llegamos a las elecciones generales que no debieron ser tales, pero que terminaron por convertirse en cruciales ante la grave crisis que aqueja al país desde que el expresidente Evo Morales decidió no respetar los resultados del referendo del 21 de febrero de 2016, en el que la mayoría de los bolivianos le dijo No a su intento de postular a un cuarto mandato.

Contra viento y marea, contra la Constitución y las leyes, Morales se postuló a las elecciones del 20 de octubre de 2019 y, como los votos no le alcanzaron para ganar en primera vuelta, se ejecutó un fraude electoral certificado por la Organización de Estados Americanos, cuyo informe luego fue apoyado por la misión de la Unión Europea.


La verdadera historia se escribe con el voto hoy.
Foto:Archivo / Página Siete
La historia debió ser diferente. El 20 de octubre de 2019 debió postular otro candidato que no sea Evo Morales por el Movimiento Al Socialismo (MAS) y, quién sabe, tal vez hubiera ganado las elecciones. O tal vez no.

El caso es que un nuevo gobierno estaría ahora a punto de cumplir un año en el poder, se hubieran salvado las vidas de más de 30 personas que murieron en los conflictos de octubre y noviembre del año pasado, un gobierno legítimo hubiera enfrentado la pandemia del coronavirus y hoy, 18 de octubre, sería un día más, sin confrontación y sin elecciones generales.

Jeanine Añez nunca hubiera llegado a la presidencia y, por tanto, nunca hubiera sido candidata presidencial; Arturo Murillo no hubiera sido nombrado ministro de Gobierno y Juan Ramón Quintana y otros altos cargos de Evo Morales no estarían asilados en la residencia de la Embajada de México. El mismo Evo Morales no estaría refugiado en Argentina y, quién sabe, estaría recorriendo el mundo impartiendo conferencias en importantes universidades del orbe. Tal vez nunca nos hubiéramos enterado de la existencia de Noemí, aunque sospechas de las inclinaciones del expresidente ya teníamos mucho antes.

Los grupos afines al MAS no hubieran bloqueado las carreteras en agosto de este año protestando por la postergación de las elecciones y, entonces, muchas otras vidas se hubieran salvado porque el oxígeno hubiera llegado a tiempo a los hospitales para los enfermos de Covid-19. 40 vidas diría el gobierno de Añez, pero no es un dato que hubiera sido corroborado con exactitud.

En consecuencia, no hubieran existido las campañas electorales en plena pandemia, con absurdas concentraciones de gente, lo que más temprano que tarde pondrán a Bolivia ante el rebrote del coronavirus.

El país no hubiera conocido a Eva Copa y, por tanto, Bolivia no sería el único del mundo en tener una ley para tratar la Covid-19 con dióxido de cloro.


Candidatura imposible. Añez antes de renunciar a su postulación.
Foto:APG
Los integrantes de las misiones de observación electoral que llegaron a Bolivia estarían hoy en sus casas y no estarían aquí, rogándonos para que, por favorcito, respetemos los resultados, no nos enfrentemos y garanticemos la paz a partir de esta noche.

Y, entonces los líderes de opinión del mundo no estarían divididos entre quienes creen que en Bolivia hubo un fraude electoral y quienes juran que hubo un golpe de Estado, aunque ningún promotor de la salida de Evo Morales se haya quedado con el poder y ningún militar esté gobernando Bolivia.

Así debieron suceder los hechos en Bolivia en el último año o, mejor dicho, así no debieron suceder los hechos. Pero, el afán reeleccionista de un Presidente nos obliga a ir a votar hoy, con temor a la Covid-19, pero sobre todo con miedo a que regrese la violencia fratricida por si a algún partido se le ocurriera no reconocer los resultados electorales esta noche.

Esta crónica de lo que no sucedió en Bolivia desemboca, finalmente, en lo real: unas elecciones que serán cruciales para la democracia. Tal vez sean las elecciones más importantes desde el retorno de la democracia hace 38 años, tal vez sean las más complejas como dice el presidente del Tribunal Supremo Electoral (TSE) Salvador Romero.

Y es que hoy Bolivia no sólo elige un presidente y una Asamblea Legislativa, decide si se inicia un nuevo ciclo democrático, si se inaugura una nueva forma de gobernabilidad y si se pone fin a la confrontación.

Entre 1985 y 2003 Bolivia vivió 18 años de la denominada democracia pactada. Eran tiempos en que ningún partido lograba más del 50% de los votos para hacerse de la presidencia y, entonces, como no había segunda vuelta, se hacían pactos de gobernabilidad entre los partidos, lo que permitía elegir Presidente y gobernar sin sobresaltos toda la gestión.

Eso ocurrió hasta que el modelito eclosionó, ya sea por el reparto de pegas, ya sea por la corrupción, ya sea por la exclusión de las grandes mayorías.

Tras una transición que duró más de dos años llegó Evo Morales al poder con más del 50% de los votos e instauró un populismo de mayoría aplastante. Con sus dos tercios de votos pudo gobernar sin consultar a nadie.

Ese esquema hizo aguas el año pasado y por eso ahora Bolivia se encamina otra vez a las urnas para decidir si se inaugura un nuevo ciclo en el país.

Lo seguro es que nadie tendrá una aplastante mayoría y que la concertación será necesaria entre unos y otros.

Página Siete